APADRINA UN PASIONAL
Una semana en aquel país de la comida mierdera, el clima
más mierdero aún, y un idioma que me resultaba imposible de aprender por más y
más cursos a los que me inscribiera. Caminando bajo una lluvia eterna por los
arrabales de la ciudad oscura, vine a darme de bruces con un cartel medio
deslucido que colgaba de lo que en tiempos debió de ser un escaparate decente:
—¿Qué coños significará esto?
Pero como la curiosidad actúa cual mecanismo incontrolable
di un paso al frente y me colé en la tienda o lo que quiera que fuese el lugar
aquel. Con el traductor de la mano, ya ha quedado dicho que no dominaba el
idioma, pregunté cuál era el significado del cartel y la forma de llevar a cabo
la misión de «adoptar a una persona
pasional» y, si en caso de descontento, podría devolverse.
—Primer punto. Aquí no tenemos «dicho material» solo damos
algunas pautas de cómo llevar a cabo la adopción y a través de esos consejos
cada cual lo hará de la manera que crea conveniente.
—«Ya
sabía yo que la idiosincrasia de esta gente me iba a servir de desayuda».
Con todo decidida a obtener las directrices que me
ofrecieron apuntadas en un cuadernillo de tapas verdes y hojas grises con una
caligrafía pasada de moda que tendría que ir traduciendo frase a frase dictando
a la grabadora.
Alcanzado el final del cuaderno me dirigí a una especie de taberna
en aquel suburbio por cuyas calles transitaban personajes envueltos en plástico
que, más parecían navegar por los ríos que se formaban en su suelo que andar
como hubiera sido deseable en un asfalto seco.
Uno de los apartados del librillo tenía una imagen de
mujeres pertenecientes a la cultura Musuo, China. Comencé a leer sobre esta
cultura cada vez más ojiplática a medida que avanzaba en su contenido.
La recomendación sobre adopción era la de viajar hasta
allí. Mi cabeza en esos momentos era como una especie de molinillo imparable
dando vuelta a la idea no sabía si recomendable o no de llevarla a cabo. ¿Pero?
Y como quiere que esa maldita conjunción adversativa es de facto bastante
cabrona, cambió los aires de un pensamiento depositándome en el campo de lo
posible, es decir, me empujó a uno de esos establecimientos en los que los
empleados de exagerada sonrisa te suelta una letanía de lo bonito, preciso,
precioso, conveniente que es visitar ese lugar como algo prioritario antes del
fin de tu existencia en la tierra. No es que yo me guiara por el discurso del
vendedor de viajes, simplemente me cansé de elucubrar sobre el hecho y fue
entonces cuando decidí embarcarme en la aventura de «apadrinar un pasional».
Lo primero que me impresionó al llegar a ese punto de la
cordillera del Himalaya fue encontrar un mundo en el que las mujeres son el eje
central de una sociedad que se basa en el libre albedrío femenino.
«Las Mosuo
crecen y viven sin ninguna dependencia de los hombres. Ni económica ni social
ni emocional. Una de
las tradiciones culturales más singulares es el zouhun o "matrimonios
ambulantes". Después de una ceremonia de llegada a la madurez, las mujeres
Mosuo pueden elegir a sus amantes, teniendo tantos o tan pocos como deseen en
su vida. Durante estos "matrimonios", los hombres visitan la casa de
la mujer con una invitación y pasan la noche en un "cuarto de
flores". Al amanecer salen y regresan a su propia casa. Las parejas no
viven juntas y los bebés se crían exclusivamente en la familia de las madres.
Son los hermanos y tíos quienes desempeñan el papel paternal. Las riquezas, los bienes y propiedades
pasan de madre a madre al morir y esto otorga a las mujeres Mosuo una gran
autoridad y libertad».
Una vez concluidos los trámites para mi asentamiento en el
pueblo y solventada la intendencia habitacional me dispuse a buscar a ese aventurero que quisiera ser apadrinado
de forma ocasional. Encontré, vaya si encontré. No había problema sobre eso ya
que el trasiego de casa en casa de mujer en mujer era inacabable. Así continué
desde primavera que hice mi aterrizaje en las Musuo, hasta la navidad
desconocida por completo en aquel lugar.
Cansada de aquel paraíso promiscuo decidí poner fin a mi
aventura sobre el apadrinamiento, por
cansancio y por qué no encontré un pasional que adoptar. Volví a la ciudad
europea desierta de vegetación gracias a la psicopatía de mandatarios con síndrome
de «Herodes de la arboleda» donde
como consecuencia no volvió a escucharse el trino de los pájaros que volaron
tras la caída de sus casas.
De la aventura vivida saqué la enseñanza o la conveniencia
de que para mí el mejor estado de paz consistía en mi autoimpuesta soledad,
solo allí conseguía la tranquilidad necesaria para mi sobrevivencia.

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