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Mostrando entradas de diciembre, 2022

ME RINDO

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Me rindo ante los ojos asombrados de un niño, Me rindo ante la fuerza del mar, Ante el ímpetu de la cascada que va desgastando la roca, Me rindo ante el pozo seco de lágrimas de una madre, Ante el abrazo desinteresado de un hijo, Me rindo ante el gesto de una mano tendida que, implora sin palabras la benevolencia del caminante que pasa sin mirar… Me rindo ante los ojos bajos que recogen limosna sin atreverse a gritar. Me rindo ante los gritos sordos de mil millones de mujeres sometidas por el orden establecido de unas mentes repletas de la más cruel e ignominiosa ignorancia.  Me rindo ante su batallar, ante su dignidad, ante su valentía. Me rindo ante mis sueños imposibles y, despierto sobre una almohada derrotada que, a duras penas se afana por tragar su rendición. He llegado a la Portada de @bloguers_net ! Pásate y visita mi post: ME RINDO. Cuando rendirse es la opción https://bloguers.net #blog #portada #Bloguers_net

LAS ARISTAS DE LA GEOMETRÍA

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Aquella vieja bicicleta había trasportado su cuerpo durante años; hasta que sin previo aviso llegó el día en el que se rebeló contra todo lo establecido; no se sabe que ley hasta el momento dictaba cual debía ser la forma sin opción a cambio de la máquina en cuestión. Cuestión esta reaccionaria por demás, dejando de lado todo progreso a la hora de añadir, quitar o restaurar partes al mecanismo del velocípedo. Fue entonces que él tomó la decisión de oponer aquel amasijo metálico al tránsito del suelo duro, inmune a los sentires y, transformando su caduca osamenta mudó la geometría de lo que hasta entonces había sido su medio de transporte.  Nadie sabe si fue de esa manera que consiguió llegar a la meta, lo cierto y seguro es que, allí donde se posaba a contemplar el horizonte, aparecían furtivas miradas creyendo ver en el artefacto metálico el invento de un loco capaz de trasformar lo que hasta entonces había sido de clara utilidad en un utensilio cuando menos, peculiar. De su uso queda

LA MONJA. (III Y ÚLTIMA PARTE).

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Al separarte, agotado del abrazo paragüistico, escuchas su primer murmullo:  «¡Eres tú!, ni en sueños hubiera imaginado encontrarte en mi nuevo universo».  Tú asientes, mientras, ella mira para otro lado con ademán displicente, adelantando un pie para marcharse, como intentando disimular el aburrimiento que le provocaba aquella inesperada situación, como si una fuerza invisible tirara de ella para llevarla fuera de ese escenario. Se despedirá con la excusa de volver a verte, tú, sabes qué, eso  es  un pretexto y, que es muy probable que no vuelvas a tropezarte con ella.  Ella pondrá  todo  su  esfuerzo en que así sea. Tú, le dedicas una sonrisa a modo de regalo, el último presente por lo que nunca fue sino soñado y, quizá, eso es lo mejor que pudo pasarte, pues tu condición de reaccionario recalcitrante no hubiera admitido la libertad que inundaba una personalidad como la de ella. Sigue tu camino. Busca una chica común, corriente, como tú. Cómprate un pisito en las afueras, trabaja

LA MONJA. (II PARTE).

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  La razón de mi decisión para viajar a La Habana en barco estaba motivada por el irreductible pánico a volar. Acerté. Convencido de que todo pasa por algo y que nada aparece por azar, encaminé mi esqueleto hacia la agencia de viajes que, previamente había localizado online, donde una señorita de formas voluptuosas con determinación empírica, dejó resuelto la intendencia correspondiente al pasaje, y a mí, en estado de idiotez supina gracias a lo que su generoso escote prometía y que con toda probabilidad tal delicia no estaría destinada a mi disfrute. Una vez instalado en la nave decidí subir a cubierta y tenderme cual lagarto en una de las cómodas tumbonas con la mirada puesta en ninguna parte. Llevaba en esta posición un buen rato en semiestado contemplativo cuando la vi. No quería parecer descarado por lo que inicié con fingimiento mal disimulado un reconocimiento de la mujer. ¿Por qué me resultaba familiar o conocida aquella cara? ¿Dónde la había visto?   Ella, recostada en la ba

EL CUENTO DEL PATO MUDO

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    Hermenegildo y Eulogia podrían haber pasado por siameses; no se habían despegado desde el día en que nacieron en aquel edificio de madera de intrincada escalera; escalera hecha del mismo material que crujía cual osamenta de viejo. Tanto era así que, el correr de los no acontecimientos puesto que en aquel recinto la vida se había detenido de tal forma que, no avanzaba ni retrocedía, simplemente permanecía estancada al igual que sus habitantes que de haber sentido la inmensidad del mundo desconocido para ellos, quizá, hubieran dado un paso adelante lanzándose a recorrer, aunque solo hubiera sido unas cuantas manzanas para alejarse de aquel cuchitril donde lo único abundante era el gris de las sombras.  Por los laberínticos pasillos del inmueble corría cual pólvora un olor ocre, oscuro, como si por sus tiras de madera gastada pasearan mil ratones uniformados gritando: ¡Paso a la banda! Hermenegildo y Eulogia se sentaban cada tarde en el recoveco de la escalera con sus libros prest

UN HUMANO EN EL JARDÍN

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  Una vez tuve un sueño. En la jungla aparecieron por arte de birlibirloque unas extrañas plantas a las que los aborígenes concedieron reunidos en asamblea y, así se acordó denominar con el título de: «seres humanos»   a aquellos raros brotes.   La estación de las lluvias contribuyó a la extensión de los hasta entonces inusuales arbustos. Los nativos no podían adivinar hasta qué punto acababan de poner nombre sin saberlo a quien en un cercano futuro se convertirían en sus exterminadores.  Un minuto de debate puede llegar a ser depositario de un siglo de sabiduría, lejos de la presunción cleptómana que el espacio intenta arrebatarle y, dejando de esa forma huérfana la sapiencia adquirida por un grupo que siempre presumió de lucidez en sus decisiones. Hoy los «seres humanos» habitan selvas creadas sin juicio. De fondo suena la música de un réquiem por la jungla perdida, convertida la pertenencia al sueño de alguien extraviado en la utopía de lo que pudo ser y no fue.

LA MONJA

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  Mi nombre es Adela. Tengo 37 años, estatura, esa que consideran mediana, peso ¡Qué sé yo! ¡Si la última vez que me pesé debía de ser marzo del 91! Hasta a mí me parece mentira que haya llegado el momento. Llevo en estado conventual, es decir que, tomé los hábitos en el convento de las «hermanas auxiliadoras de la redención» que, dicho sea de paso, a mí ni lo uno ni lo otro, no han conseguido hacer vida de esta que yo soy, era, seré... Con la inestimable ayuda que me ha prestado la super, no por generosidad cristiana sino más bien por el deseo insondable de perderme de vista, me ha alquilado un piso cutre, interior, en el centro de la ciudad, al parecer herencia de una de sus tías. Mañana a las diez me recoge un «urbapifioscar», coche de alquiler que dicen circulan hoy como si fueran taxis, pero que no lo son, ¡Tengo tantas cosas sobre las que ponerme al día! —veremos a ver dónde está el timo—si lo hubiera. Mis pertenencias caben en una bolsa; entré aquí con lo puesto, para q