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EL CUENTO DEL PATO MUDO

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    Hermenegildo y Eulogia podrían haber pasado por siameses; no se habían despegado desde el día en que nacieron en aquel edificio de madera de intrincada escalera; escalera hecha del mismo material que crujía cual osamenta de viejo. Tanto era así que, el correr de los no acontecimientos puesto que en aquel recinto la vida se había detenido de tal forma que, no avanzaba ni retrocedía, simplemente permanecía estancada al igual que sus habitantes que de haber sentido la inmensidad del mundo desconocido para ellos, quizá, hubieran dado un paso adelante lanzándose a recorrer, aunque solo hubiera sido unas cuantas manzanas para alejarse de aquel cuchitril donde lo único abundante era el gris de las sombras.  Por los laberínticos pasillos del inmueble corría cual pólvora un olor ocre, oscuro, como si por sus tiras de madera gastada pasearan mil ratones uniformados gritando: ¡Paso a la banda! Hermenegildo y Eulogia se sentaban cada tarde en el recoveco de la escalera con sus libros prest

UN HUMANO EN EL JARDÍN

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  Una vez tuve un sueño. En la jungla aparecieron por arte de birlibirloque unas extrañas plantas a las que los aborígenes concedieron reunidos en asamblea y, así se acordó denominar con el título de: «seres humanos»  a aquellos raros brotes.   La estación de las lluvias contribuyó a la extensión de los hasta entonces inusuales arbustos. Los nativos no podían adivinar hasta qué punto acababan de poner nombre sin saberlo a quien en un cercano futuro se convertirían en sus exterminadores.  Un minuto de debate puede llegar a ser depositario de un siglo de sabiduría, lejos de la presunción cleptómana que el espacio intenta arrebatarle y, dejando de esa forma huérfana la sapiencia adquirida por un grupo que siempre presumió de lucidez en sus decisiones. Hoy los «seres humanos» habitan selvas creadas sin juicio. De fondo suena la música de un réquiem por la jungla perdida, convertida la pertenencia al sueño de alguien extraviado en la utopía de lo que pudo ser y no fue.

LA MONJA

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  Mi nombre es Adela. Tengo 37 años, estatura, esa que consideran mediana, peso ¡qué sé yo! ¡Si la última vez que me pesé debía de ser marzo del 91! Hasta a mí me parece mentira que haya llegado el momento. Llevo en estado conventual, es decir que, tomé los hábitos en el convento de las «hermanas auxiliadoras de la redención» que, dicho sea de paso, a mí ni lo uno ni lo otro, no han conseguido hacer vida de esta que yo soy, era, seré... Con la inestimable ayuda que me ha prestado la super, no por generosidad cristiana sino más bien por el deseo insondable de perderme de vista, me ha alquilado un piso cutre, interior, en el centro de la ciudad, al parecer herencia de una de sus tías. Mañana a las diez me recoge un «urbapifioscar», coche de alquiler que dicen circulan hoy como si fueran taxis, pero que no lo son, ¡tengo tantas cosas sobre las que ponerme al día! —veremos a ver dónde está el timo—si lo hubiera. Mis pertenencias caben en una bolsa; entré aquí con lo puesto, para q

LOS PASOS

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  El suelo se derrite bajo la lluvia. Tras los pasos impresos en la humedad de las losas ella camina bajo el aguacero; manga de agua inaccesible ya a su interior. «No hay prisa». El mundo escondido tras el velo de niebla presagia un porvenir libre de paraguas, necesarios quizá para protegerse de un sol capaz de derretir los diluvios vividos. Al tren perdido le sucede el pitido que anuncia la salida del siguiente. Los pasos perdidos. El alma mojada. #Microrrelato

INGRAVIDEZ DE LA PALABRA ESCRITA

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    Miles de vidas vividas desde su poltrona;   viajando entre páginas, con cada letra, con cada palabra, orfebres de la escritura que, acabaron por proporcionarle las alas auxiliares de un vuelo llamado imaginación. En estado de ingravidez, suspendida de la magia que otorgan las palabras vívidas desde que toman posesión del blanco papel haciendo de él su casa. Atalaya desde la que se divisa un mundo cuasi perfecto. La vida se va entre, unas veces derechos renglones, otras, torcidos… #Microrrelato * Imagen de: Angie Hiesl

TINIEBLAS

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  La luz refleja entre tinieblas las siluetas de transeúntes ciegos que, caminan de espaldas a ella. No ven nada sino su propia ignorancia. Pasajeros errantes, ciegos, caminando de espaldas a la claridad. Ella, refleja sus contornos, sabedora de la ignorancia prendida en la venda que, cubre el vacío de los muertos ojos. #Microrrelato

UN CRUCERO FANTASMA

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  Fue poner el pie en el primer peldaño de la escalinata que conducía a la nave y, simultáneamente, sentir como un irr econocible frío tomaba posesión de él . Renato no dio importancia alguna al inconveniente mientras seguía saltando de escalón en escalón. El buen juicio del que este ser no era precisamente titular, habría aconsejado tener en cuenta esa ventisca interior, pero, dicho está, Renato era muy a su pesar un temerario juez de sí mismo. Una vez instalado en su camarote dedicó treinta segundos carentes esmero a vaciar su mochila; apenas cuatro indispensables para aquel viaje que preveía corto. A saber, cuatro pañuelos perfumados de los que jamás se separaba, un par de fotografías, una pluma y una libreta que a decir verdad usaba poco o nada. Terminada la intendencia y con las tripas anunciadoras de la falta cometida con ellas a la hora de tranquilizarlas, las interfectas se arremolinaban unas a otras proporcionando un ruido a la estancia que, cualquiera que hubi