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HAIKUS -II-

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  Las flores tienen mojados de cielo sus ojos.  Mientras, el anciano árbol poblado de arrugas  contempla su ocaso,  ellas,  inician su amanecer. ©consuelopérezgómez   El epitafio quedó ensombrecido a la luz de las tinieblas. Los bancos son guardianes, depositarios de verdades. En un banco quedó la impronta de los abrazos perdidos.  ©consuelopérezgómez El camello mira a través del ojo de una aguja, desde donde se divisa una lejanísima montaña nevada. El blanco gélido y la arena dorada no pueden unirse sin destrozarse. ©consuelopérezgómez

EL CARTERO DESAPARECIDO

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Habían pasado tres meses desde que vio por última vez a Regino cargado con su morral desgastado por la lluvia, el sol, los temporales que como inquilinos desaprensivos tomaron posesión del saco depositario de tantas vidas que el azar depositaba en blancos sobres, para cuyo contenido, algunos destinatarios no estaban preparados. Regino, llevaba miles de horas vividas con el costal pegado; mientras repartía las misivas iba elaborando historias para cada una de ellas. Imaginaba que podría ocurrir en el interior de esos sobres. A través de los años, el contenido de la saca iba adquiriendo un nuevo color, nuevas formas de comunicación acabaron con el arte de escribir cartas, de describir sentimientos, estados, de mandar escritos reconfortantes a un amigo, a un conocido, para ayudar con ello a superar el trance en que se encontrara. Cartas incluso a posibles enemigos, que no eran tales, sino imaginaciones paranoicas hermanas del aburrimiento. «Ya no se escribe; el mundo cambia y yo no me

MIS HAIKUS

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  Mi haiku. ©consuelopérezgómez

UN JUEGO DE NIÑOS

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Ella, prepara la maleta. El niño se acerca y deposita su osito en la valija: «Para que papi duerma bien». Ella, intuye la ausencia impresa en cada objeto consignado. El niño juega. Ella, lo mira; por un momento se ausenta de lo porvenir. Ella también quiere jugar a salir del escenario. El niño deslumbrado por el arsenal de hombres desfilando, quiere ir a jugar con ellos. ¡Divina inocencia! La sombra de la madre siempre alerta: «Niño, ¡Eso no!». El niño no desafía el poder maternal; el niño solo quiere jugar. En el futuro quizá comprenda –o no- el juego de ese juego. El poder de la mente desafía al de la fuerza bruta. Mariposas que arrastran piedras contra la desdicha mostrando una vez más que la fortaleza está en el querer y no en el poder. He visto maletas vacías, maletas llenas de vacío, vacío de maletas, y, maletas llenas de desesperanza, pero nunca he visto una maleta que no incluyera en su interior un gramo de ilusión, de esperanza en el viaje… En ocasiones las gue

TANTO MONTA, MONTA TANTO

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  ¡No seas bovina! ajústate las gafas o todas las *bacas del huerto de laureles que vamos a atravesar van a tomar posesión de tu retina. —¡Y tú qué lo digas! ¡Muuuuuuuuuuuuuuu! Él, hablaba con su vaca Rosalía. El personal creía que algo no andaba bien en la cabeza de Lolo para creer que mantenía un diálogo con un mamífero de cuatro patas, vegetariano y cantante. Lo tenía todo el herbívoro. —Yo, lo que más temo es que un día se canse y no me conteste, o peor, que se quede muda. Es mi único miedo. —Decía Lolo. Y, así, de pueblo en pueblo, de feria en feria, Rosalía, emitía sus ¡muuuuuuuuuuuuuuuussss! que a decir de los entendidos era pura poesía calcadita de Góngora,«poesía» que hacía crecer su bolsa a reventar de maravedíes, y si te he visto, no me acuerdo. Lolo la mimaba tras cada actuación. Cubría su cuello con pieles importadas de China; le daba a probar los más ricos manjares siempre con la intención de mitigar el miedo a que por un «quítame ahí ese micrófono» fuera o fue

ALGO HUELE A PODRIDO

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A causa de un incidente de esos que en principio no parecen que vayan a causar mayor problema, Adelina, había perdido parte de su sentido olfativo. Pese a esa disminución olfatoria, aquel olor llegaba escandalosamente hasta su nariz, se colaba por las rendijas de la casa, y activó todas las alarmas de su cuerpo, puestas a funcionar con la precisión que un hilo conductor eléctrico no habría superado. No podía saber, por el momento, ni de dónde ni cuál era el origen de semejante fetidez; se encaminó hacia la puerta del apartamento; al abrirla, una nube gaseosa la empujó hacia adentro, como conminándola a no asomar el cuerpo, como si con el empujón estuviera mandándola un mensaje de: «quédate quieta, no te muevas, no respires». Dentro de casa iba acumulándose poco a poco junto con el olor, una neblina suave, todavía, pero que en el transcurso de las horas fue tomando forma de nebulosa gris, imposibilitando con ello los movimientos de un lado a otro de las diversas estancias sin peligro

DUELO

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Nació con un dedo de menos en su mano izquierda, motivo por el cual le encasquetaron para los restos el apodo de «el manco» . Manco, no era, ni literal ni metafóricamente cuando se usa el adjetivo queriendo designar carencia de pericia para cualquier asunto de la vida. Su maestro don Leonardo nada más verlo se percató de la valía Blas y desde ese mismo momento, sintió un verdadero afecto por el muchacho. Siempre que se presentaba la ocasión, don Leo, aprovechaba para poner de escaparate el mérito de su discípulo. El proceder de don Leo que en principio habría tenido que ser, además de buen acto tratando de aumentar la autoestima del muchacho, logró un efecto devastador en el resto de pupilos que agarraron una tirria monumental contra Blas al que ya no podían tener sino envidia, ese pequeño «defectillo» divulgador de tantas guerras mundiales. Una tarde a la salida del colegio, a Blas, le esperaba un grupo comandado por Robertín, el líder del pelotón de odiadores recalcitrantes. For

SI TE HE VISTO NO ME ACUERDO

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Paula había sido a lo largo de toda su carrera una maestra devocionaria, de las que cuidan a sus alumnos regándolos cada día con conocimiento de causa mientras los prepara para afrontar lo que la vida se digne asignarlos. Sus convecinos la asaltaban día sí día también con la misma monserga: —«Paula, mujer, ¿Por qué no se jubila usted ya?, qué bastante ha hecho para desasnar a tanto ganado como ha pasado por su escuela». Paula tenía tan interiorizada la frase que ya ni la escuchaba, contestaba con una sonrisa mientras daba vueltas con la llave en la cerradura de su vieja casa que, chirriando, se resistía a facilitar el paso como si con ello quisiera mantener fuera de sus muros a la maestra, y esta, siguiera escuchando el mantra de sus vecinos. —«¿Qué haría yo sin mi escuela, sin mis pupilos, sin mis tareas diarias?». —La cerradura vence su resistencia y Paula continua con sus cavilaciones dentro de casa. Era martes, 29 de febrero, once y media de la mañana. En clase de filosof

LA MAGIA DEL 7

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Sentada a la mesa número siete, de una cadena de TV, María de los Milagros mira sin disimulo a los operarios, afanados en la preparación de lo que será el escenario de un concurso donde se pondrán a prueba las dotes de eso tan general denominado «cultura general», que no tiene nada de universal, y que es menos frecuente de lo que se pretende demostrar. María de los Milagros esperaba confiada en que el concurso «Sietedesiete» fuera su definitivo reconocimiento hacia el lanzamiento «estréllatele»; llevaba presumiendo tanto tiempo con esta posibilidad, que había llegado a interiorizarlo de tal forma hasta llegar a convertirlo en parte intrínseca de su dogma. Al parecer el nombre elegido por la cadena para el concurso venía dado por la creencia de que el siete, guarda entre su nomenclatura una suerte de parámetros que llevan a pensar en la dotación mágica que lo acompaña. El plató o escenario de aquella cadena de TV, vulgar, y, por lo tanto, de una popularidad obscena, estaba repl

UNA INCIERTA PRIMAVERA

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Pájaros con alas de plomo. De sus coloridas plumas solo queda el gris de montañas de cenizas posadas sobre ellas. Vuelan silbando al viento negro que tiñe las flores de otras primaveras. Pájaros negros protestan afónicos sobre un mar de nieve. El viento pasa resonando sobre un lecho de primavera muerta. La tierra alfombrada de flores negras. Ríos inundados de cenizas rojas. Silencio de niños que el viento arrastró en perverso juego. Alfombra de flores muertas sobre la vida oculta de una tierra a la que el horror cambió su pulso. Miseria pobladora de lo que un día fue y ya no será. Primavera plomiza, gris ceniza, ceniza, muerte, destrucción y vida aplazada. Otra primavera espera a la vuelta de las tumbas, de las marcas de huellas elefantiásicas de los carros de acero; primavera muerta, primavera sin sol sin esperanza de gloria. Un niño juega al lado de los carros de fuego que vomitan llamas y frenan para siempre su recreo. Nueva coyuntura que paralizará cualquier

RESACA

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El dolor de cabeza había cesado hacía años. Durante mucho tiempo fue adicto al paracetamol, ácido acetilsalicílico, ibuprofenos…el cajón de su escritorio era lo más parecido a un depósito farmacéutico en el que convivían armónicamente inmunodepresores, analgésicos, antidepresivos, relajantes musculares, pomadas para esa parte apodada de forma poco glamurosa que habita en lo que podríamos denominar como «desagüe humano». Devolvió con un golpe suave el cajón a su lugar de origen; así, cerrado, para que no fuera testigo ni vocero de su condición depositante de flaquezas. Miguel había llegado pronto al trabajo, cosa poco habitual en él. Antes de encender siquiera la luz de su despacho, la primera ejecución llevada a cabo era con su imprescindible amante: la cafetera. Una capsulita y el néctar que derramaba el pitorro de aquel invento de la modernidad que, al ser ingerido, provocaba el primer rictus de sonrisa en el interfecto que habría cambiado su reino —de haber tenido alguno— por es