TIEMPO DE TORMENTAS
La maleta cubierta de polvo había esperado el momento de su
rescate con la paciencia del que sabe que tarde o temprano llegará su momento;
siempre llega, por más que el más pesimista no quiera creerlo.
Confeccionaba listas mentales con lo que ella consideraba
imprescindible, aun cuando en lo esencial sobrara una pila de trastos
innecesarios. El sonido del repiqueteo de la lluvia la rescató de la trampa del
quehacer que, más bien debería llevarla a un deshacer el peso del equipaje que
a esas alturas amenazaba con desbordarse cual río de camisones, camisetas,
vestidos, potingues para la cara, para el cuerpo, para los ojos…
Amanecía, que ya era mucho, después de un año de tormentas
ininterrumpidas que oscurecieron cada alboreada convirtiéndolas así en
tenebrosos atardeceres. La hierba del jardín se había apoderado del terreno,
creciendo en vertical y horizontal; tapó el asfalto y las paredes de la casa.
Bajar y sumergirse en ese erial era un suicidio programado. La enredadera que
trepaba hasta su ventana se había poblado de ranas que cantaban desafinando
cual burro tocando la flauta. Cuando Olivia se decidió por llamar a una de esas
compañías de coches que inundan las ciudades cayó en la cuenta de que había
perdido su teléfono. Después de colocarse toda la indumentaria protectora de
diluvios se encaminó hacia la calle.
Solo un loco o un iluminado se hubiera atrevido a transitar
por aquellos andurriales y mucho menos a soñar con encontrar allí un teléfono:
las calles eran ríos colmados no solo de agua, sino que, entre sus remolinos,
arrastraban todo lo inimaginable que habría podido pensarse días atrás. Embarrada
más allá de sus rodillas intentó alcanzar una acera fantasma que el agua borró
a su paso. En su desesperación pensó en Jacobo ¿Dónde estaba Jacobo? ¿Por qué
no acudió a recogerla como habían acordado dos noches atrás?
Entre el barrizal asoma la punta de una cartera, Olivia la
atrapa por una esquina, izándola mientras chorrea el líquido marrón que oculta
su contenido. Tras unas cuantas sacudidas va apareciendo rastro del contenido.
Una foto embarrada, una cédula de identificación arrugada, un billete de tren a
Barcelona…
Jacobo no vendrá, no podrá recogerla. Ha iniciado el viaje
solo, sin equipaje, sin billete de vuelta y ella derrumbada no alcanza a
encontrar un teléfono.
A trompicones alcanza como puede la puerta de su casa.
Llora y su llanto se une al río emergente que ha inundado la ciudad.



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