PREPOSICIONES, PROPOSICIONES Y UNA PERSISTENTE CHARCA
A, ante, cabe, con, contra, de, desde, hacia, para, por...según...
Sentada en el poyete de la ventana de su habitación que
daba al campo vio saltar una rana en el charco que las lluvias de la noche
habían construido con férrea voluntad, machaconamente como si quisieran
transformar el suelo en un lago verde.
Viola observaba las cabriolas del anfibio elucubrando sobre
cuál sería el próximo salto y hasta donde alcanzaría a llegar…no tuvo que
esperar para comprobarlo. El último salto de la rana había parapetado a la
misma contra la cara de Viola, ésta, lejos de poner el grito en el cielo agarró
al bicho por la patas y comenzó un diálogo extravagante o loco como mejor se
quiera pensar. La rana parecería prestar atención por la forma en que su cuerpo
tieso y sus ojos saltones dirigían la mirada a una más que extrañada Viola que
comenzó su interrogatorio:
A: ¿Hacia dónde?
Ante: ¿Ante quién?
Cabe: ¿Cuánta agua cabe dentro de ti?
Con: ¿Con quién sueñas?
Contra: ¿Quién es tu enemigo?
De: ¿De dónde sales?
Desde: ¿Cuándo habitas las charcas?
Hacia: ¿Dónde te diriges?
Para: ¿Que esos saltos vertiginosos?
Por: ¡Y por qué no!
Según: Depende del prisma desde el cual se observa…
En contra de lo que pudiera pensarse la rana no solo entendía
a Viola, sino que, contra todo pronóstico inició con lo que primero fue un
balbuceo y, poco a poco se fue convirtiendo en discurso más o menos comprensible:
—Grub…Grub…esto…grub…pues,
grub…podría extenderme hasta el infinito con esta historia…grub…grub…grub…pero
como estoy hasta los bemoles de este «traje» adjudicado por obra y gracia de un
mago con mala baba…sintetizando: ¡Bésame!
Los ojos de Viola alcanzaron el mismo tamaño de los que
adornaban a esa ¿rana?
—¿¡Qué!?
—¡Bésame! —repitió la rana.
Y Viola que era una indecisa de manual soltó a la rana
lanzándola de nuevo hacia la charca, cerró de un trancazo la ventana, se metió
en la cama con la intención de no abandonarla en una semana o a la espera de
que la charca se secara, y pensó que lo de la rana era cosa de una traición de
su subconsciente con el aviso de que no debería ir por ahí besando a según qué
«ranas» disfrazadas de personajes inciertos. Durmió, durmió, durmió…y después
del sueño la tenaz realidad trajo consigo la vuelta a una rutina impuesta de la
que Viola no lograba escapar.
Sus sueños con ranas se hicieron tan recurrentes que, en un
arrebato, harta ya de consultas de médicos de medicinas ineficaces agarró por
la calle de en medio y se trasladó a vivir a una zona rodeada de desierto…
Una vez instalada en lo que habría de ser su pacifica
residencia y con la esperanza de perder de vista para siempre las charcas no
podía adivinar el diluvio que iba a caer aquella noche dejando el arenal que
circundaba su casa como un prado verde cubierto de charcos que emitían unos
sonoros crub…crub…crub…crub…
A veces la realidad es persistente y no sirve el reemplazo
del lugar, sino la voluntad de abandonar el sueño eligiendo otro prisma desde
el cual elaborar nuevas visiones, sin ranas, sin charcas, sin lluvia…
Viola sueña con ranas. Sueña con una inmensa cohorte de
anfibios verdes de piel rugosa y venenosa. Viola sueña con charcas repletas de
ranas. Ante la ansiedad que le reportan sus sueños, desesperada por el
descontrol que le provocan se decide a consultar primero con un especialista al
que seguirán un tropel de galenos que no aportan solución alguna para despejar
la incógnita de los sueños de Viola.
De una larga estancia en una isla que no aparece en los
mapas llega su amigo Boni. Viola le narra su desventura.
Me vuelvo en dos semanas, vente conmigo; es posible que
alguien a quien conozco pueda ayudarte con esto. —Boni le ofrece una
posibilidad de acabar con el problema.
Viola duda.
Viola al fin decide probar suerte.
Al pie del avión espera un coche de la empresa de Boni que
los conduce a casa de este.
—¿Necesitas algo?
—Sí, dormir.
—Mañana te acompaño a la consulta del doctor Ochicanduy.
—Ochica… ¿Qué?
El nombre por sí mismo despierta todos los recelos en
Viola, por si no eran ya suficientes los que tenía.
De nuevo el coche con chofer uniformado como un general los
recoge y conduce haca el lugar de la consulta del doctor con nombre de montaña.
Un sendero asfaltado con setos mimosamente cuidados a ambos
lados lleva hacia la entrada de la gran casa que tiene adjuntados dos
pabellones de grandes ventanales.
—¡Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
El grito de Viola debió de escucharse al otro lado del
Atlántico. Una gran charca verde frente al pabellón fue la que propició el
sonoro aullido.
—Lléveme ahora mismo al aeropuerto, casi le gritó Viola al
conductor.
—¡Pero, Viola!
—Ni, pero ni peras, me piro. No entro ahí ni por
recomendación de todos los dioses.
Viola llegó a su país con la resignación del que ya no
espera nada. Volvió a sus sueños copados de verdosos seres cubriendo su vida de
una mucosidad pegajosa.



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