LAS HORAS

 

 

Desde el momento del desayuno comenzó a sentir algo extraño que terminaría hacerse realidad a lo largo de las horas. Las paredes de la cocina parecían estrecharse o para mejor decir, iban avanzando una al frente de otra reduciendo el espacio…a veces lo importante de nuestras vidas está oculto en lo que no sucede, de esa forma, consigue restar importancia a lo que realmente nos alcanza.

 

En la hora vespertina cuando el sol parece jugar al escondite como si quisiera o no quisiera esconderse tras la luna, una hilera de bancos vacíos en el paseo que recorría el borde de una franja de edificios feos, toscos y definitivamente iguales, como de la nada surge una figura que toma asiento a su lado. Sentada en aquel banco móvil fantaseó con la posibilidad de que el hombre que se había aposentado a su vera fuera un asesino en serie como aquellos que había visto en las películas y ahora venía a tomarla como presa. Imaginó el proceso de principio a fin. Donde tuvo lugar el momento del golpe, donde y como se llevó a cabo la ejecución. Todo pasaba por su cabeza como el relato de un escritor al que alguien estuviera leyendo en este momento.

En un día de finales de marzo de esos engañosos en los que embutida en un abrigo sientes derretirte y, que si te lo quitas llegan los escalofríos de la muerte.

Dos días antes de lo relatado más arriba esperaba en la zona de descanso de la estación de tren al convoy de las 17:17, poniéndose el abrigo y tirando este hacia atrás en un gesto compulsivo provocado por el sin fin de sofocones que la invadían en los últimos doce meses. Por megafonía se anuncia la llegada del tren procedente de una ciudad cuya ubicación nadie sabe determinar con exactitud en un mapa.

Una figura desciende del vagón, al principio con displicencia, y una vez alcanzado el andén pasa a la celeridad de alguien que ha de cumplir una misión sin entretenerse en el más mínimo detalle.

Ella no sabe por qué aquel personaje que se va acercando le causa un interrogante envuelto entre telas de miedo. A simple vista parece un hombre corriente sin nada destacable en su físico, solamente una ligerísima cojera que trata de disimular y que acentúa con la impostura aplicada a sus andares. El último paso pone al extraño frente a la que sin saberlo todavía será su definitiva presa.

No hay saludo, ni protocolo. Toma su brazo y con un movimiento probablemente ejecutado en otras ocasiones la atrae hacia sí. Ella no opone resistencia, el miedo ha paralizado todo su cuerpo. Con su presa del brazo se dirige a la salida donde a unos metros de la misma espera un coche de cristales opacos. Un leve movimiento empuja a la mujer hacia el interior del mismo. No son movimientos agresivos por el momento, todo es suave como si se deslizaran por una pista de baile donde la orquesta interpreta un vals. Ella piensa que quizá se equivocó al pensar que podría ser víctima de una agresión y que ese pensamiento se producía por acción del miedo. El conductor probablemente con una ruta acordada de antemano abandona la autopista adentrándose en una carretera secundaria que, a su vez, desembocaba en un camino de tierra dónde al final del mismo aparecía una casa de aspecto exterior cuidado, induciendo a creer que estaba ocupada o bien se llevaba sobre ella un exhaustivo mantenimiento.  Una vez en el interior la apariencia exterior en nada coincidía con lo que era aquel antro por dentro.

Sin puertas, con paredes desconchadas, manchas verdes que la humedad había dibujado por todas partes, losetas arrancadas al suelo que debió presenciar miles de pasos desgastadores de unos pies condenados al silencio eterno. En medio de ese paisaje comprendió que el individuo que la había arrastrado hasta allí no lo hacía para precisamente celebrar una fiesta. Asiéndola por el brazo la impulsó hacia una de las habitaciones que aún conservaba una puerta hecha pedazos a la que le faltaban varios tablones. El verdugo no necesitó usar la fuerza, con un ademán hizo que se sentara en el único mueble que allí se conservaba, un camastro oxidado que chirriaba profiriendo aullidos de moribundo en su último hálito. La ató de pies y manos. Puso una venda en sus ojos y comenzó el ritual de distribuir las herramientas que formaban parte del rito tantas veces consumado. El cuchillo de cazador trazó sobre ella un ocho en el vientre, hubiera gritado al sentir como brotaba la sangre de su cuerpo. No pudo. Sus cuerdas vocales no respondieron. Un segundo corte en el cuello de izquierda a derecha convirtió el escenario en un río rojo que recorrió el piso hasta alcanzar el machacado umbral. Hubo un tercer golpe directo al corazón con el que asegurar el final de la inmolada cerciorándose de esa forma que todo había acabado. En ese preciso momento un rayo imprevisto inauguró una tormenta de tambores a los que se sumó un diluvio disolvente de unas pruebas que quedaron enterradas tras el barrizal desatado.

Desde el momento del desayuno ya sintió algo extraño que terminaría por ocurrir a lo largo de las horas. Las paredes de la cocina parecían estrecharse o para mejor decir iban avanzando una al frente de otra reduciendo el espacio…a veces lo importante de nuestras vidas está oculto en lo que no sucede de esa forma consigue restar importancia a lo que realmente nos alcanza.

 

Días después en el mismo lugar volvió a repetirse el hecho que se multiplicaría sin fin a través del tiempo:

En la hora vespertina cuando el sol parece jugar al escondite como si quisiera o no quisiera esconderse tras la luna una hilera de bancos vacíos en el paseo que recorría el borde de una franja de edificios feos, toscos y definitivamente iguales como de la nada surge una figura que toma asiento a su lado. Sentada en aquel banco móvil fantaseó con la posibilidad de que el hombre que se había aposentado a su lado fuera un asesino en serie como aquellos que había visto en las películas y ahora venía a tomarla como presa. Imaginó el proceso de principio a fin. Donde tuvo lugar el momento del golpe, donde y como se llevó a cabo la ejecución. Todo pasaba por su cabeza como el relato de un escritor al que alguien estuviera leyendo en este momento.

Nadie se molestó en indagar sobre el peligro que se esconde agazapado tras las horas vespertinas.















 

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