TODAVÍA QUEDAN ISLAS DONDE NAUFRAGAR
Después de años meditando sobre la posibilidad de largarse de la ciudad—pueblo inmundo que llevaba habitando más de media vida decidió al fin, por fin, dar el paso. Empaquetó desordenadamente unos cuantos bártulos seguramente prescindibles para el viaje que pretendía llevar a cabo; con un billete de avión en la mano y la bolsa de viaje en la otra dejó atrás su barrio, sus calles, encaminándose hacia el lugar que en sueños suponía traería paz a una vida desasosegante. El avión aterrizó en el aeropuerto de segunda o tercera si se compara con cualquier lugar del llamado primer mundo. Mareada por el tormentoso viaje se encaminó hacia el hospedaje que tenía reservado, un lugar que seguro conoció mejores tiempos, o no, a saber. Su habitación al menos tenía vistas al mar, del mobiliario mejor no hablar. Las cortinas con algún que otro rasguño, en el baño una cortina raída ocultaba la bañera de mandos oxidados que hacían juego con un lavabo desconchado…en fin, se dijo, pequeñ...