TODAVÍA QUEDAN ISLAS DONDE NAUFRAGAR
Después de años meditando sobre la posibilidad de largarse
de la ciudad—pueblo inmundo que llevaba habitando más de media vida decidió al
fin, por fin, dar el paso.
Empaquetó desordenadamente unos cuantos bártulos seguramente
prescindibles para el viaje que pretendía llevar a cabo; con un billete de
avión en la mano y la bolsa de viaje en la otra dejó atrás su barrio, sus
calles, encaminándose hacia el lugar que en sueños suponía traería paz a una
vida desasosegante.
El avión aterrizó en el aeropuerto de segunda o tercera si
se compara con cualquier lugar del llamado primer mundo. Mareada por el
tormentoso viaje se encaminó hacia el hospedaje que tenía reservado, un lugar
que seguro conoció mejores tiempos, o no, a saber. Su habitación al menos tenía
vistas al mar, del mobiliario mejor no hablar. Las cortinas con algún que otro
rasguño, en el baño una cortina raída ocultaba la bañera de mandos oxidados que
hacían juego con un lavabo desconchado…en fin, se dijo, pequeños inconvenientes
que no tienen por qué distraerme de mi cometido, no conviene que estos detalles
me aparten de lo que de verdad importa.
No sabía que todo ese cúmulo de incomodidades carecería de
importancia comparado con lo que iba a encontrarse a continuación.
Se vistió para salir a caminar y conocer los lugares que había
apuntado en su agenda, visitó los recomendables en las guías y otros no tan
populares. Al término de una calle que desembocaba en una placita cubierta de
macizos de flores se topó con una de las terrazas que de entrada por su aspecto
invitaba a tomar posesión de una de sus butacas. Tomó asiento y esperó a que el
camarero se acercara a tomar su pedido. Con la copa en la mano revisó lo que estaba
instalado a sus alrededores …
—No, no puede ser… ¡Es una alucinación!
El primer intento fue levantarse y huir. No tuvo tiempo;
antes de que el pensamiento tomara fuerza la «alucinación» se hizo presente
ante sus despavoridos ojos.
—¿Ginebra? ¡No puedo creerlo! ¡Qué coincidencia! ¿No?
Ella se quedó como si la hubieran incrustado en el asiento.
Quería huir de allí como si fuera un cohete, pero su cuerpo no respondía al
deseo de deserción. Lo miró como quién observa un fenómeno inusual mientras sus
ojos se clavaban en la pulsera de una muñeca ancha, gorda, como el resto de un
cuerpo acusado de la peor forma por el paso de los años. Muda de espanto no
supo que contestar.
—Bueno ¿No vas a decir nada? Estás muy guapa, parece que
por ti no haya pasado el tiempo.
Ella quiso decirle que por él habían pasado los años como
una apisonadora comiéndose lo que un día fue, pero siguió callada ante el espectro
por el que en un tiempo atrás pasó noches de insomnio y llanto esperando un
gesto que no llegó. Era el chico guapo y deseado por un enjambre de muchachas
que soñaban con él, ella, una más, una más de las que lo deseaban en silencio. Y,
ahora que lo tenía delante, no sabía que decir viendo aquel despojo en que él
se había convertido. Echó una última ojeada a la «pulserita» y ya sin ocultar
su rechazo se levantó del asiento mientras ensayaba un adiós perentorio que no
admitiera respuesta y mucho menos continuación.
—Adiós. No te reconozco. No quiero reconocer al fantasma
del que un día creí estar interesada. Ahora disfrutaré la suerte que he tenido
de que no te fijaras en mí. Cuídate ese cuerpo y sobre todo ese espíritu
fachendoso en el que te noto inmerso. Te diría que ha sido un placer
encontrarte, pero te mentiría. Adiós, sin dios, y más que nada, sin esa patria
que llevas tatuada en tu muñeca.
Ahora sí, ahora sí que sí, Ginebra encontró la forma de
poner claridad en sus asuntos. Quién le hubiera dicho que tropezarse con aquel
idiota le traería la paz que llevaba tiempo buscando y que encontró en aquella
isla perdida de la mano del universo.
Un viaje que en principio inició sin muchas expectativas terminó
siendo su salvación.
«¿Y si no regreso? ¿Y si me quedo por siempre jamás aquí?»
Puede que a pesar de nuestro escepticismo aún quede una
isla perdida dónde naufragar.


Comentarios
Publicar un comentario
Soy toda "oídos". Compartir es vivir.