GALATEA Y EL COLOR DE SUS OJOS
Galatea tenía dos ojos, nada de particular, tenía dos ojos como casi el resto de los mortales. La particularidad era otra: cada uno de ellos era portador de un color distinto al otro. Cuando Galatea soñaba con el mar tapaba su ojo izquierdo y observaba su mundo con el derecho que, le permitía gozar a través de su iris azul, contemplar de ese color lo que le rodeaba. No todo era de color azul. A veces su ojo derecho daba paso al izquierdo y, hasta la más mínima cuestión sin importancia se tornaba del color de su propietario, es decir, inundaba el mundo de Galatea de un marrón oscuro del que no conseguía escurrirse quedando a merced de los más oscuros pensamientos. Los días azules de Galatea estaban llenos de creatividad, de una incesante actividad; leía, escribía, dibujaba, se juntaba con amigos para correr, nadar, contar historias inventadas sobre futuros sueños irrealizables o no… Pero, —maldita conjunción adversativa—sin previo aviso, sin acuse de recibo, así, de ...