GALATEA Y EL COLOR DE SUS OJOS

 

Galatea tenía dos ojos, nada de particular, tenía dos ojos como casi el resto de los mortales. La particularidad era otra: cada uno de ellos era portador de un color distinto al otro. 

Cuando Galatea soñaba con el mar tapaba su ojo izquierdo y observaba su mundo con el derecho que, le permitía gozar a través de su iris azul, contemplar de ese color lo que le rodeaba.

No todo era de color azul. A veces su ojo derecho daba paso al izquierdo y, hasta la más mínima cuestión sin importancia se tornaba del color de su propietario, es decir, inundaba el mundo de Galatea de un marrón oscuro del que no conseguía escurrirse quedando a merced de los más oscuros pensamientos.

Los días azules de Galatea estaban llenos de creatividad, de una incesante actividad; leía, escribía, dibujaba, se juntaba con amigos para correr, nadar, contar historias inventadas sobre futuros sueños irrealizables o no…

Pero, —maldita conjunción adversativa—sin previo aviso, sin acuse de recibo, así, de repente, al despertar, se colaba uno de los días correspondiente al ojo izquierdo y levantaba en volandas a Galatea hasta depositarla en el rincón de la soledad del que con tesón salía al cabo de los días, quizá un poco más sabia, un poco más pálida, un poco más abanderada.

La mezcla de esos dos días según dictara un ojo u otro hicieron de Galatea una niña que a través de los años supo encarar los días en el que las cosas no salían a derechas, con una sonrisa.

Ella sabía que era cuestión de horas la vida de la circunstancia que se estuviera dando en el momento.

Todo nace y muere en el día para dar lugar a otros días, otras horas en los que saber manejar el timón es esencial para no morir en el desánimo. El sol sale todos los días, cosa a tener presente en esos días «marrones».















 

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