AHORA O NUNCA


A la vista de los acontecimientos ocurridos en sus últimos treinta años de vida, Lucrecia comenzó a tener una sensación por extraña que pudiera parecer en principio que había enraizado en su interior; la sensación de haber callado más de lo necesario con el calado que eso suponía. 

Una vida de silencio autoimpuesto por el miedo a enfrentar las reacciones del o de los contrarios, producto con toda probabilidad de una rancia educación donde se instaba a ser sí o sí «una niña buena».

Siguiendo la máxima de que nada permanece eternamente llegó el momento en que, tras su traslado a otras tierras planetarias comenzó a deshacerse cual cebolla de capa tras capa hasta alcanzar el corazón de lo que debería haber sido desde un primer momento.

—Se acabó la niña buena, sumisa, idiotizada…a partir de hoy no habrá silencios que omitan la importancia de la contestación aplicada a su debido tiempo. —Se dijo Lucrecia con el ánimo de autoconvencerse.




A escasos momentos de su partida la primera ocasión se presentó ante una amiga de esas bienintencionadas que, no lo son en absoluto, queriendo disfrazar su malignidad con una túnica de buenismo. El comentario de la supuesta «amiga» sobre su físico fue la tecla que accionó el resorte que Lucrecia necesitaba para poner en marcha su conversión hacia la revelación de lo que hasta entonces había permanecido en silencio.

—Te diría que agradezco tu mala intención sobre la insinuación intentado disfrazar de consejo lo que es a todas luces una mala crítica sobre mi cuerpo. Por el contrario, yo me abstengo de cualquier insinuación sobre el tuyo. Una cosa más: de ahora en adelante te pido que te abstengas de comentario alguno sobre mí, sea este de la índole que sea ¡Goodbye!

De esta forma Lucrecia inició un camino sin vuelta en la tarea de contestar cada vez que se presentaba la ocasión en la que nada se guardaba para sí, tarea que una vez impuesta no tuvo retroceso alguno.

—¿Habéis visto el cambio de Lucrecia? —Comentaban en corro las supuestas amigas que nunca en realidad lo fueron.

—¡Desde luego! ¡Qué mal educada y borde se ha vuelto!

Nada como romper las normas de una sociedad opresora para ser señalada. Lo importante para Lucrecia fue que desde el momento de su decisión fue libre, libre en sus elecciones, libre para salir de grupos que nada aportaban a su vida, libre para vivir, para pensar, para comunicarse…y, sí, libre para mandar a la mierda toda la represión sufrida a lo largo de su existencia.

Moraleja: la mordaza para cuando camines por el desierto como barrera para evitar que la arena tape tu boca.





























 


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