LA ISLA DE LAS MUJERES SIN ROSTRO
Lisandro coleccionaba mujeres como el que
colecciona sellos.
Sus tiránicas formas sobre el trato proporcionado
a unos seres a los que nadie les dio opción de elegir ni destino ni lugar de
nacimiento. Vivían atemorizadas todas las horas del día. Al mínimo ruido
escuchado se aceleraban sus pulsos en el temor de la aparición del sátrapa. En este
estado de constante vigilia el cuerpo de estas mártires iba consumiéndose a
ojos de quien quisiera contemplarles.
Una noche en que la luna jugaba a esconderse
iniciaron la fuga con las consecuencias terribles que en ese instante no podían
llegar a imaginar. Sorteados los obstáculos para abandonar el castillo sin ser
detenidas, no podían llegar a adivinabar el ojo oculto que las observaba…
Después de días con sus noches de vagar por
parajes desconocidos se presentó ante ellas un territorio sobre el que todas estuvieron
de acuerdo en afirmar la bonanza del lugar dispuestas a echar raíces en él sin sospechar
siquiera el resultado acechante.
Al primer intento de colonización cayó sobre ellas
la maldición de la mujer de Lot, y una tras otra pasaron a convertirse en un
pilar de arenisca.
Fue una tormenta de arena la que convirtió en
caliza aquellos rostros que un día fueron testigos de lisonjas.
Sobre ellas la condena se hizo patente al no
seguir los pasos de la obediencia del que un día quiso comprar su voluntad. Todos
perdieron, y, es que, ninguna ganancia se deriva del sometimiento de los
designios de un maltratador.

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