MEMORIA DE SEGUNDA MANO
Compré la chaqueta de segunda mano para protegerme del
frío, no para cargar con el secreto de un desconocido. Al introducir mi mano en
uno de los bolsillos interiores encuentro una misteriosa nota de papel
arrugado, rígido, supongo que como consecuencia del tiempo que llevaba allí. El
olor de la chaqueta es una mezcla de madera y metal.
Cada vez que me pongo la chaqueta, empiezo a recordar
fragmentos de la vida del dueño anterior como si fueran propios. Al final del
folio hay una anotación en la que aparece una dirección medio borrada y un
número de teléfono que me lleva tiempo y esfuerzo poner en claro.
Con la chaqueta puesta mis pies guiados por una voluntad
que no es la mía caminan por barrios hasta ahora desconocidos para mí. Entre
callejuelas de intensos olores mezclados entre el encharcado pavimento me
encuentro ante el número del portal inscrito en la nota. Un recibidor que debió
conocer mejores tiempos del que emerge una escalera que subo hasta alcanzar la
letra ‘D” del cuarto piso. Una vez delante de la puerta ésta se abre sin que yo
realice acción alguna. Un pasillo oscuro me lleva hasta una sala apenas
iluminada por la escasa luz que se cuela desde el exterior. Mientras mis
pupilas de adaptan a la penumbra que inunda el espacio, descubro una mecedora
ocupada por una sombra silenciosa que parece observarme entretanto me voy
acercando a ella.
En pleno ataque solipsista enfrento la figura que reposa en
la hamaca y experimento la misma sensación que se siente al contemplarse en el
espejo: era yo, yo mismo, una fotocopia de mí mismo emitiendo los mismos
gestos, el mismo timbre de voz, los mismos ademanes…
En este momento estoy haciendo lo contrario de lo que
realmente me apetecía.
El ser tomó de la mesita que tenía junto a él una libreta
negra llena de anotaciones según pude observar de reojo. Anotaciones que
indicaban cuando ocurrían las cosas, a qué hora, en qué lugar, de qué forma. En
la siguiente página observé como anotaba la llegada de mi «yo»: lunes 29 de
febrero, 11:45. En ese mismo instante llamaron a la puerta con tres fuertes
golpes probablemente producidos con la mano que a falta de timbre sonaron
impacientes como si el golpeador quisiera derribarla.
Mi otro «yo» tiró la libreta que fue a parar entre las
patas de la mesa y una papelera oxidada que hacía las veces de guardatodo. Por lo
demás nada en aquella habitación evidenciaba signos de vida tales como podrían haber
sido una mesa puesta con restos de comida, un vaso, una copa, una jarra, restos
de pan mordisqueado, la piel enroscada de una fruta…
Allí flotaba la sensación de un tiempo detenido y yo seguía
mirando aquella figura como si me reflejara en un espejo.
Frente a la figura ésta rompe su silencio:
—Al fin llegaste, tenía la seguridad de que esto ocurriría.
Toma asiento por favor.
Mientras acerco una silla con manchas de humedad, mi cuerpo
sin voluntad obedece los requerimientos del ser que dirige mis pasos sin que yo
pueda oponerme.
— Quizá te preguntes como has llegado hasta aquí.
Esta mañana dejé la chaqueta en la tienda sabiendo exactamente que serías tú
quien la compraría. La cosa es simple: una vez hecha la adquisición has
contraído la obligación de caminar por el mundo hasta encontrar al creador de
la prenda.
—¿Qué? —Es lo único que acierto a contestar.
—Esta es la misión que yo no pude llegar a culminar y que
tú como dueño actual debes llevar a cabo. Por si estás pensando en venderla te
diré que no hay una segunda opción y, para acabar con el maleficio que infunde
la prenda no queda otra forma que enfrentar a quién la confeccionó para que tú
y yo podamos descansar en paz.
—Pero ¿Qué coños tiene la chaquetita de marras para que
haya que llevar a cabo una misión que parece la ensoñación de un trastornado?
—Mientras no encuentres al autor no podrás deshacerte de
ella y estarás a merced de sus caprichos, sin voluntad para hacer nada por ti
mismo. Te llevará por terrenos, actitudes, procesos de los que no podrás
escapar. No habrá descanso para ti.
«Esto es un sueño,
seguro. Esto no está pasando…es un sueño…
Compré
la chaqueta de segunda mano para protegerme del frío, no para cargar con el
secreto de un desconocido…»
Salí de allí con el firme propósito de tirar la chaqueta
por el primer estercolero que encontrara. Giré la esquina del edificio que
acaba de abandonar y seguí andando hasta darme de frente con un montón de
basura desparramada por una de las aceras. Tiré de una de las mangas que se
desprendió como si fuera de papel. Agarré la otra bocamanga con idéntico
resultado. Al desprenderme del resto de la prenda, ésta se partió en dos. De
los bolsillos interiores brotó un humo pestilente que terminó por consumir el
resto de la prenda…
Corrí hacia la salida que conectaba con la carretera. Volví
la cabeza, detrás todo había desaparecido. Ni casas, ni edificios…nada. Solo un
humo gris flotando por encima de aquel secarral.
Como si las nubes de humo fueran un cuaderno de anotaciones
divisé con claridad el pasado en el que tuve un hermano gemelo que desapareció,
y ahora, reclamaba su parte: quería hacerme pagar lo que un día yo le propiné, ocultándolo,
con la intención de que nadie sospechara de mí.
«Compré
la chaqueta de segunda mano para protegerme del frío, no para cargar con el
secreto de un desconocido…»


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