EL LABERINTO FAUNAFANTÁSTICO

 


 

Entrar a unos grandes almacenes es cruzar un portal espacio-temporal. El plan era simple: entrar, agarrar los calcetines y salir. Pero el diseño del lugar está pensado por un genio del mal. La sección de caballeros está en el sótano, justo detrás de las escaleras mecánicas que misteriosamente solo suben. En el camino, esquivas a tres vendedores de perfumes que te atacan con fragancias que huelen a «madera del bosque bajo la lluvia» y terminas perdiéndote en la sección de hogar. Dos horas después, sales con un juego de sartenes antiadherentes, una lámpara inteligente que cambia de color y la vaga sensación de que olvidaste algo. Efectivamente: los calcetines siguen en la tienda.

Las tres leyes de la física del comprador:

La paradoja de las ofertas: Si un cartel dice «Lleve 3 y pague 2», tu cerebro ignorará por completo que solo necesitabas uno y no tenías espacio en casa para los otros dos.

El agujero negro de la sección de hogar: Es físicamente imposible pasar por el pasillo de las sábanas de 800 hilos y las velas aromáticas a menos de dos kilómetros por hora. Te vas a quedar atrapado oliendo a «lavanda relajante» durante veinte minutos.

La fila de la caja: Siempre elegirás la fila donde el cliente de adelante tiene un artículo sin código de barra y el cajero debe llamar al supervisor por megáfono.

La odisea de comprar ropa se resume en una sola verdad: el probador es el lugar donde mueren las ilusiones, especialmente cuando vas acompañado de tu pareja, un ser de luz que no entiende por qué necesitas probarte cinco pantalones idénticos.

El drama del probador y el acompañante atrapado:

Entras a la sección de ropa buscando unos simples vaqueros. Te acompaña Carlos, quien cometió el error táctico de decir «claro, te acompaño, tardamos diez minutos». Pobrecito. No sabe que acaba de firmar un contrato de permanencia de tres horas en el pasillo de espera.

Tú entras al probador con una montaña de prendas que desafía las leyes de la gravedad. Carlos se queda afuera, sentado en un puf minimalista demasiado bajo para un ser humano, adoptando la clásica postura del «marido de centro comercial»: la mirada perdida fija en el móvil y cargando un bolso que no combina con su calzado. Desde el interior del probador, comienza el verdadero espectáculo.

El primer pantalón: No pasa de las rodillas. Te debates entre aceptar que la talla ha cambiado o culpar a los diseñadores por usar telas sin piedad. El segundo pantalón: Sube perfectamente, pero no te deja respirar. Abres la cortina dos centímetros: «Carlos, ¿me ves muy embutida?». Carlos levanta la vista, detecta el peligro latente y responde con el instinto de supervivencia de un antílope: «Te queda genial, amor». Mentira. Sabes que pareces un embutido de alta gama.

El tercer pantalón: Te queda grande de cintura, pero estrecho de caderas. Te miras al espejo con tres espejos angulares y descubres ángulos de tu propio cuerpo que no sabías que existían.

Al final, sales del probador con una camisa que no buscabas, un vestido que estaba muy rebajado y ni un solo pantalón. Carlos se levanta del puf con las piernas dormidas, celebra en silencio que la tortura ha terminado y camina feliz hacia las cajas, sin saber que todavía nos queda pasar por la sección de zapatos.






























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