PESIMISTAS




El vaso siempre medio vacío era rellenado una y mil veces, pero, a medida que se le añadía el líquido mágico este se evaporaba en el aire sin dejar rastro.

No había fórmula que no hubiera probado, todas con el mismo resultado de fracaso absoluto.

—La jarra está rajada, y cuando creo en su contenido intacto, la realidad es de total ausencia. —Pensó.

Compró una docena de jarras. Compró el agua más cara que había en el mercado. Con el nuevo arsenal se dispuso a rellenar el vaso. El nivel permanecía intacto.

Olvidó por un momento el vaso, el líquido y, de su estado gaseoso también se olvidó.

Tras los cristales, una nube en el ojo derecho distorsionaba los objetos a su alrededor. Tomó sus gafas, las miró al trasluz. Tenían una mancha negra en el centro parecida a la que deja un rastro de ceniza. Gamuza en mano, frotó y frotó y frotó hasta hacerlas brillar.

En la cocina, jarra en mano, rellenó el vaso hasta conseguir rebasar el borde por el que se derramaba el raudal que en otro tiempo fue de amargas gotas.

 























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