NO SOY YO, SON LAS LENTEJAS
No era un huerto cualquiera el huerto de mi abuela, ni las lentejas que allí crecían eran en modo alguno singulares. Llegado el tiempo de la recolección yo, despertaba ansiosa por lo que el día traería consigo. Me vestía de gala para hacer los honores a aquellas pepitas redondeadas de las cuales emergía un duende saltarín que, de un brinco, se posaba sobre mi hombro mientras golpeaba un gong. Con cada sacudida apartaba de un plumazo toda desdicha abonando el camino que desembocaba en una tranquilidad que, sin su ayuda hubiera resultado inalcanzable. Y yo reía, era feliz, bailaba, saltaba por entre las matas colmadas de campanitas guardianas de su tesoro.
¡Marina!
¡Despierta! ¡Se te enfrían las lentejas! ¡Qué pierden hierro y vitaminas! —La
abuela irrumpiendo en el sueño borró de un plumazo todo fantaseo.
No me importó mucho volver a
la realidad. Me gustan tanto las lentejas de mi abuela que, todo lo perdono por
un plato de sus mágicas lentejas.
Pero…en sueños el duende
aparece en la almohada de Marina mientras le susurra al oído con su voz
aflautada: «¡Marinita! La magia existe si
tú crees en ella». Y deposita un pasaje debajo de ella: «Viaje al Reino de Campos Verdes».


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