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UN LADRILLO DE DOMINGO

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Aquella señorita hiperestésica definió el domingo diciendo mientras señalaba un ladrillo en cuya rendija crecía una flor: —«Este ladrillo es domingo». Lo que había que hacer en los años siguientes estaba ya prescrito del modo más riguroso posible. —Supongo que buscamos algo así, pero casi siempre nos estafan o estafamos. —Dijo ella, mientras le miraba con cautela. Era un tiempo en que nada se daba de forma habitual o casual. Todo premeditado, medido, calculado. Pasar de puntillas por los acontecimientos no era una posibilidad; era obligación implicarse y agarrar el toro por los cuernos. Cada acto de su vida provocaba en ella un dolor excesivo. Perdida por los vericuetos de su mundo, se desgarraba en un fútil intento por salir a flote. —Parece que va a llover. —No llegó a pronunciar. Con el cielo azul, sol irredente, calentando los azulejos amarillos por los que caminaba descalza, ella, solo sentía el frío de ese eterno verano. El sudor que no daba tregua la llevaba a ca

EL OJO DE LA CERRADURA

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Miró por el ojo de la cerradura con inquietud tratando de adivinar lo que escondía el lugar que aparecía constantemente en su sueño. Oteando a través del orificio descubrió un mundo insospechado; solo quería traspasar la puerta y sumergirse en la realidad de su sueño. Filas y filas de estanterías repletas de todas las historias jamás contadas que, dormían el profundo sueño de los olvidados. ¡Al rescate!, ¡Al rescate! ¿Cómo cruzar la puerta que impedía la inmersión? Dio marcha atrás en sus pensamientos. De nuevo sentado ante el escritorio, con la mente en blanco, sin idea alguna sobre como continuar aquel libro que comenzó hace más de un año y, que solo acumulaba hojas en blanco: — «Tengo que encontrar la forma de cruzar ese ojo de cerradura». Sonó el teléfono. De un salto alcanzó a contestar. —¿Estás libre esta tarde? —la cantarina voz de María lo sacó de su eterno sueño. —Depende —contestó. —No te hagas el interesante. Te recojo en media hora, sin excusas. —¿Sirve de a

NO ES PARA TANTO

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En el verano de 1987, Daniela, conoció a «alguien» lo más parecido a un ídolo de barro. Cuando su madre le preguntó: —Daniela ¿Por qué no paras un poco, hija mía? Y la verdad, llevaba un verano de locura, de un ir y venir que ya no distinguía si iba o venía. Dormía en Singapur y despertaba en la Patagonia. De tanto mover sus pies por el mundo adquirió el don de aceptar lo que algunas personas calificarían de rarezas, como las cosas más vulgares de un día a día sin promesas. —¿Dónde esta vez? ¿Queda algún lugar en el globo que no hayas pisado? —volvió a la carga la madre. Ella sabía que la mejor respuesta era el silencio para no entrar en bucle en una conversación sin sentido y sin final. Por toda contestación añadió: —«Queda…queda…vaya si queda». Terminó de organizar su mochila. Con un sencillo y corto abrazo se despidió. En la puerta de calle esperaba el taxi que previamente había contratado por teléfono. Aterrizó en Hanói de madrugada. Recogidos sus escasos bártulos

TIPOS, TOPOS Y OTRAS RAREZAS

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Aquel tipo de ojos diminutos, ralo pelaje, piernas cortas y vista escasa, tenía un olfato especial a la hora de detectar «topos». No era especialmente avispado, pero, contaba con una desarrollada intuición que le llevaba a las pistas más desprovistas de señales que otros habrían pasado por alto. Él mismo se convirtió en un «topo» infiltrado de forma un tanto peculiar, captado por la organización a través de un procedimiento poco usual. Conoció medio por casualidad, un día que caían chuzos de punta a Ignacio, en un bar del barrio periférico donde fue a parar sin querer por mérito de un destino que no le brindó otra cosa mejor. —Las almas gemelas se reconocen —dijo para sí. Ignacio, llevaba un tiempo buscando por todas las categorías de ambientes a alguien que poder manejar o amaestrar, que sirviera como perro fiel a la organización. Acodado a la barra dejó caer al suelo un billete de veinte euros. El todavía «no topo» se acuclilló para recogerlo y tendérselo con una sonrisa

SONRISAS

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Hoy no es ayer ni será mañana. No todos los días amanecen de la misma forma. Existen despertares y despertares que llevan en sí la impronta de lo que será «tu día» como si el azar quisiera prepararte para lo que te tiene destinado. Trabajas como si no hubiera un mañana. Feliz, porque sabes que cuando termines tu jornada empezarás a ser la persona que eres y no esa que se disfraza cada mañana para conseguir pagar el precio del impuesto que esta sociedad se ha inventado, un impuesto de por vida, para la «no vida» que llevamos a rastras: sonríes. Sigues arrastrando tu carga que anuncia la proximidad a la ansiada libertad. Una madre con sus hijos espera que su marido acabe las gestiones que han venido a realizar —coincidencia— desde mi tierra. Dos niños monísimos me regalan sus dibujos provocando más de una sonrisa. Sonrisas y más en un día que bien hubiera podido yo proclamar como: «mi día internacional sonriente». Valle me persigue tratando de evitar la catástrofe a la que parece s

CARTA PARA UN «YO»

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—¿Cómo encabezo yo esto? ¿Te escribo: «Muy señora mía»? ¿«Estimada fulanita de tal»?… Voy a contarte una historia, —una de romanos que diría Sabina—. A ratos me contentas, a ratos te odio. A ratos, debo sentirme agradecida; a ratos, todo me sobra. De salto en salto, de fecha en fecha, no está mal el resultado en según qué parcelas. Has pasado por alto zanjas llenas de lodo; te has lavado la mugre hasta volver a caer en ella, pero ¡eso sí! de cada «rebozamiento» sales reforzada. Tienes un especial talento para darle vuelta a las cosas; quizás no seas todo lo fuerte que deberías, pero, no te recuperas mal de los bofetones recibidos a trasmano. Diluida en el tiempo ha quedado la niña bonita y buena que fuiste un día, aunque, a veces, empuja tanto que, algo de esa esencia sale a flote. Y como nunca hay dos sin tres, ni cuatro, ni cinco… vas de bote en bote, arrastrada a ratos, inmune en otras ocasiones. Has logrado vencer el miedo al engaño. La mentira funciona en ti como un

UN ENANO EN MI PECERA

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¿Qué pasaría si una mañana al levantarte te diriges a la cocina por el pasillo de tu casa y en medio encuentras un enano con una lámpara mágica? Me levanto como cada día antes de que salga el sol. He soñado con playas «raras», como si los sueños fueran premonitorios de los sucesos que vendrían al despertar. Mientras, intento alcanzar la cocina con una lista mental sobre las tareas que he de llevar a cabo este día. Abro los ojos de un plumazo ¿He visto lo que creo que he visto o acaso sigo soñando? Vuelvo a mirar. Al fondo del pasillo una sombra enana se mueve, lleva algo en las manos. —«No puede ser, sigo soñando». La sombra, que ya no es tal, va tomando forma y acercándose a mí. Me susurra: —¿Cuál es tu deseo más poderoso? Recelosa, froto mis ojos a dos manos, «sigo soñando, me digo», pero la figura no desaparece, sigue allí, impasible y ajena a mi incredulidad vuelve a preguntar: —¿Cuál es tu deseo más poderoso? Pienso en las guerras, el hambre en el mundo, las injus

«PRINCESOS»

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Esta historia no tiene un comienzo. Tampoco encierra un final. Es el latir de dos vidas acompasadas, distantes, pero, no distintas, se acercan para compartir un tiempo que ya se dio. A veces se rozan, otras se separan al ritmo de una canción. —Sabina nos robó la letra de la canción —dice ella. —Mejor así. No somos muy buenos componiendo —contesta él. Ni el mes de abril, ni el mes de septiembre. El primero con sus iniciales rayos de sol, calentando la vida. El segundo, va apagando los fuegos pretéritos por el bulevar dónde habita el olvido. Las princesas ya no quieren «princesos» que besar. No quieren «princesos» de papel que se arrugan al menor inconveniente. A la grupa de sus caballos de cartón, cruzan océanos de sinsabores y niegan haberlos conocido. Cansadas de amores baratos, no esperan más llamadas; esperan que suba la marea. Aunque duela el alma no pueden seguir engañándose, incapaces de robar los besos del mar deciden no enamorarse más. Se niegan a hacer negocio de la

DEPREDADORES

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    —Mira chaval, eres muy tonto... ¿Acaso crees que saber dos idiomas —o tres— te salvará de la quema que el universo nos aplica a todos? Más pronto que tarde acabarás por apearte de la burra, cuando te des de lleno contra el muro, verás que tengo razón. Él, la miró sin entender a qué venía todo aquello. Él, que creía ser un ser alado y sin contaminación alguna sobre el vicio de aparentar. Él, que en su fuero se creía superior y que cuanto más temía ser descubierto más ahínco ponía en la acción del disimulo. «Eres muy tonto» —escuchaba una y otra vez de la voz interior que no dejaba de repetir este mantra—. Él, que después de años de intentos fallidos, por fin había conseguido que ella aceptase su invitación. Él, que había inventado toda una película de amor y lujo con final feliz sobre lo que vendría después de esa cita. Él, definitivamente, era muy tonto… Llegaron juntos al congreso donde habían sido contratados como traductores de una convención aburrida como tantas,